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CARTA DE LA NATURALEZA A LOS JÓVENES

Amigos, permitidme que os llame así:
Vosotros representáis el futuro de nuestro mundo, un futuro que espero sea mejor que el que vivimos en relación al respeto que se me tiene. El presente no me gusta por esta falta de respeto; me insultan, me contaminan, me degradan…Amigos, espero que no sigáis el ejemplo de vuestros mayores. Sois el futuro de una vida en común, un futuro amenazado por las malas prácticas de los que os han precedido. Veo en vosotros los artífices de un cambio radical. Debéis ser vosotros los que cambiéis el rumbo de la historia llena de maltratos hacia mí. El presente esta lleno de improperios:
1.- Abuso de mis recursos, hasta dejarme agotada
2.- Lanzamiento de tóxicos a mi atmósfera que la hacen irrespirable
3.- Tala de árboles por la avaricia de construir horrorosas urbanizaciones que alejan al hombre de un futuro más igualitario (no me hace gracia el contraste entre estas urbanizaciones surgidas de un daño hacia mí, y las chabolas de los suburbios).
4.- El agua que trascurre por mis ríos ya no la contemplo azul, está ennegrecida por los vertidos. En la claridad de las aguas de mis ríos se podía observar los guijarros en su lecho.
5.- Mis océanos y mis mares albergaban una fauna más rica. La codicia humana esta dejando desiertas estas aguas.
Jóvenes amigos tenéis que cambiar esta conducta abusiva e irrespetuosa. Permitidme que os de unos consejos:
– No hagáis caso de los que os animan a consumir por el mero hecho de tener más que los otros y de acumular riquezas. No hay mayor riqueza que la riqueza que os puedo proporcionar yo: mis campos, mis flores, mis aves, mis peces…
– Recordad la historia. No la repitáis. Sabed que al principio de mí existencia las tierras de todos los continentes estaban pobladas de bosques infinitos. Con el paso de los siglos mis tierras están cada vez más desiertas. Esto es lo que debéis recordar para no caer en el error.
Os he hablado como madre. Respetadme y seréis recompensados.
Un abrazo amigos.

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SIMPLEMENTE, UN PROFESOR DE SECUNDARIA
España, verano de 1939
España, verano de 1939
Al acabar la guerra civil, España se convierte en un país enlutado. Miles de hombres han muerto en el frente; miles de mujeres, ancianos y niños, en los bombardeos de las ciudades; miles más, desaparecidos, enterrados en fosas comunes, fusilados. Un brazalete negro en la manga derecha, una corbata negra, un botón negro en la solapa, un traje negro para los que se lo pueden permitir: son las señas del luto entre los hombres. Las mujeres lucen el negro de la cabeza a los pies; las más jóvenes se atreven con un medo luto, con prendas grises o, transcurridos un par de años de la desgracia, vestidos negros y blusas blancas. Las viejas van envueltas en mantillas y tocas de lana negra. Pasean por las calles como fantasmas somnolientos.
Es verano de 1939 y el hambre aprieta. En muchos lugares se oyen las descargas del pelotón que fusila en las tapias del cementerio a los sentenciados. Después, el tiro de gracia pone fin al ruido ensordecedor y lastimero, que ya se ha hecho familiar en demadiados pueblos y ciudades de la España vencida. Los juicios sumarísimos se suceden a ritmo vertiginoso. Es la época de mayor nivel represivo. La mitad de los españoles, los que apoyaron a la República, viven en la angustia, confiando que nadie les denuncie. Bastará que un anónimo le señale por rojo o sindicalista, o por ser hijo o nieto de rojo o sindicalista. Los que tienen suerte se librarán de la muerte, pero les caerán un mínimo de veinte años de cárcel, en condiciones insufribles. En la radio nacional escuchan que la sangre de los que cayeron por la Patria no consentirá el olvido, ni la traición. España sigue en guerra. Así lo proclama el locutor franquista Fernando Fernández de Córdoba. Suena el Cara la Sol en la radio, en los cines y en los teatros; en las escuelas; en los patios de las prisiones; antes de los partidos de fútbol; los espectadores de las corridas de toros lo cantan en posición de firmes con el brazo derecho en alto y la mano extendida, como lo hacían los fascistas italianos. Después del himno falangista, una autoridad grita: ¡España, Una, Grande y Libre!¡Arriba España! Miente cuando grita. Casi todos lo saben, porque en España no hay libertad; el país está desunido y está en la ruina, lejos de cualquier grandeza. Ni es libre, ni es una ni es grande la España de la posguerra. Estos gritos son la ocurrencia del jefe de prensa de Madrid, Manuel Aznar Zubigaray, amigo de José Antonio Primo de Rivera y abuelo del que luego será presidente del gobierno de la democracia, José María Aznar López.

La tradicional picaresca española hace que mucho españoles vistan la camisa azul falangista a todas las horas. Quieren demostrar su apego al nuevo régimen, fueran ya uno de los suyos o conversos. La afiliación a la Falange alcanza casi un millón de personas. Es lo mejor para lograr los beneficios de los vencedores. Beneficios que disfrutan los militares franquistas: casi la mitad de los puestos de la nueva administración pública son para los militares; les construyen viviendas y economatos; tienen transporte público gratuito.
Así era el verano del 39. Sería bueno que los jóvenes conocieran esta historia para compararla con su presente.
Para más información:
PASCUAL LÓPEZ, Pablo: “Antes que la memoria nos abandone”.
IRLANDA: LA GRAN HAMBRUNA
La plaga destruyó un tercio de la cosecha de la patata en el otoño de 1845. Solo se obtuvieron 10 millones de toneladas de los 15 esperados. En la primavera de 1846 el hambre comenzó a golpear a la población. Algunas zonas, en especial los condados del oeste, sufrieron más que otras. La gente vendió sus posesiones (barcas de pesca, abrigos, la vaca familiar o el cerdo de la matanza) para comprar alimentos. Algunos se endeudaron con el prestamista local, conocido como el gombeen, que cobraba intereses enormes. Muchos, desesperados, comieron las patatas podridas y enfermaron. Otros hurgaron en los campos en busca de nabos y coles, alimentos que eran un sustituto exiguo de las nutritivas patatas. A pesar de las privaciones y el hambre fueron pocos los muertos en los primeros meses. Esperaban y confiaban que el gobierno de Londres les ayudaría.
El primer ministro británico, Sir Robert Peel, que había sido Secretario de Estado en Irlanda, pensó que la mejor manera de ayudar a los irlandeses era importar grano barato del extranjero. Pero se encontró con un obstáculo enorme: las leyes vigentes que mantenían precios altos para el grano en el Reino Unido, aplicando aranceles a la importación de cereales. Cuando Peel quiso cambiar las leyes, se encontró con la firme oposición de los granjeros ingleses que temían que el precio de sus productos se abarataría. En noviembre de 1845, no obstante, consiguió en secreto que una carga importante de maíz llegara a Irlanda desde América. El llamado Indian corn, un maíz dulce, que jamás sería un sustituto de la patata. Peel quería almacenar el maíz y distribuirlo entre los hambrientos en la primavera siguiente a través de comités de ayuda locales. Lo venderían a precio de coste. Pero muchos no sabían cómo cocinarlo y lo comían crudo, lo que provocó dolores de estómago. A medida que la plaga empeoró la situación, los irlandeses acudieron a los almacenes a comprar el maíz, a 1 penique por libra. Durante meses la hambruna pareció extinguirse. Lejos de la realidad. Hay una pregunta que hoy nos hacemos: ¿Por qué el gobierno no distribuyó alimentos gratis a la población que moría de hambre? Pero en el siglo XIX no cabía semejante situación. Los gobiernos creían firmemente en la teoría económica del laissez faire, lo que significaba que nunca interferirían en el mercado libre, que no era tarea de los gobiernos de cualquier lugar hacer el trabajo de los ciudadanos que debían trabajar para pagar sus alimentos a precio de mercado. La decisión de Peel sobre el Indian corn contradecía esta teoría. Pero fue una solución pasajera.
En la primavera de 1846 todos los campesinos irlandeses esperaban una buena cosecha para el próximo otoño. Se plantaron casi 2 millones de acres y las plantas de la patata parecían sanas a finales de julio. Después, llegó el desastre. Todo empeoró cuando la plaga golpeó el segundo año. Los pobres ya habían vendido lo que pudieron para conseguir dinero. Ahora no tenían nada. Desesperados, robaron nabos en las tierras de los poderosos, comieron hierbas como ortigas y raíces. Los que vivían cerca del mar vendieron sus aparejos de pesca y sus redes. Se quedaron sin fuerza para manejar sus barcas. Rebuscaron en las orillas del océano y encontraron algas, mariscos.
Los precios subieron. Las pocas patatas que había en los mercados multiplicaron por mil su valor. Alimentos alternativos como la avena y la cebada eran inalcanzables para los pobres moribundos. Cuando se comieron los cerdos, las vacas, las ovejas, las aves de sus corrales, no les quedó nada que llevarse a la boca. No tenían ni siquiera simiente de patatas para poder sembrar. Para colmo, el gobierno de Peel, el primer ministro que ayudó a los irlandeses con el Indian corn, cayó por el voto en contra de los representantes de los granjeros, enfadados por la decisión de Peel de importar el maíz americano. El gobierno conservador que lo sustituyó no dio ningún paso en favor de los hambrientos irlandeses.
Más información: LA ISLA REBELDE
